Porque el destino es terrible.
Porque los ojos reflejan odio y arrepentimiento. Y todos los ojos son irremediablemente cristianos.
Porque vivir es algo tan agridulce, tan suave al tacto y fugaz a los ojos, que mientras bailas las canciones de moda, te sentís quieto. Y no hay nada más anti-humano que la quietud de las almas, el alma que no es cuerpo ni corazón, ni creencias ni ideologías, el alma que se alimenta de lo que no es.
Porque el cuerpo se alimenta de tetas y culos y falos gigantes. Porque el ego se alimenta de casas, autos y billeteras gigantes. Porque todo esta muerto. Porque estamos muertos. Porque el tiempo lo destruye todo, nos mata, nos revive, nos desgasta el corazón y nos blanquea la sangre.
Porque el silencio es un grito que se rebela a su naturaleza.
Y yo me tiro a la cama, sin pensar en nada, masturbándome para no perder la costumbre de entrar y
salir de mi. Y me acuerdo, sin querer queriendo, de los chocolates que me traía mi papá cuando volvía
del trabajo y yo era chiquita, eran tan suaves al tacto, tan fugaz a los ojos, que mientras los disolvía en mi boca, me sentía más viva que nunca. Y me acuerdo de las cachetadas que me dio cuando volvía del trabajo y yo ya no era la que el quería. Y llorábamos hasta que nos cansábamos de estar tan irremediablemente solos.
Y entonces….
Porque la muerte es inevitable, arrasa con todo, cada crimen será castigado. Te lo dije… los ojos son irremediablemente cristianos. El impulso de dejarse morir culpando pecados ajenos, resucitar y escaparse del mundo.
Y porque todo es irremediablemente nihilista. La vida muerta, el destino, todo lo gigante. Menos el individuo, menos el alma. Menos el esperma, menos el flujo, menos la sangre. El dolor y el placer. No hay nada, no hay ni presente ni futuro ni ayer. Nada importa. Excepto el individuo, excepto el alma, excepto mi guitarra.
Y porque todo amor, todo es irreversible.